Crimea y la reconstrucción del poder ruso

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Los acontecimientos en Crimea nos obligan a echar luz sobre una situación muy compleja. Primeramente, realizaremos la obligada síntesis de lo ocurrido, para luego concentrarnos en una serie de consideraciones sobre el porqué de la demonización que sufre el presidente de Rusia, Vladimir Putin, el “doble estándar” que se advierte en el debate Autodeterminación/Integridad territorial y las “cartas” que poseen la UE y el Kremlin para sentarse a negociar.

Por otro lado, es necesario contextualizar lo ocurrido en Crimea: no es un hecho aislado, sino un episodio más en la puja entre Occidente y Moscú por ganar influencia en Europa del Este. Además, explicaremos por qué es un error hablar de una nueva Guerra Fría, tal como lo han hecho apresuradamente varios analistas. Por último, finalizaremos el artículo con unas reflexiones sobre las aspiraciones que tiene Rusia con la anexión de Crimea: no se trata de la reconstrucción de la Unión Soviética, sino de consolidar un poder regional, más limitado.

El “desaire” a la UE y el posterior desarrollo del conflicto

El conflicto ucraniano se reveló como una lucha evidente entre Europa y Rusia: ambas pretendían atraer a la ex república soviética a su esfera de control. Y ofrecieron alicientes, como veremos.

El ex presidente pro-ruso de Ucrania, Victor Yanukovich, se negó en noviembre pasado a firmar un acuerdo de asociación con la Unión Europea (UE), que iba acompañado de una ayuda de 3 mil millones de dólares. ¿El motivo? El mandatario argumentó que su objetivo era la protección de los intereses nacionales, y esto debido al alto costo económico y social que –según alegó- dicho acuerdo le acarrearía a su país. Tal decisión detonó el conflicto, provocando inmediatas y masivas protestas pro-europeas que pusieron en jaque al gobierno. Y los acontecimientos se fueron sucediendo a un ritmo vertiginoso: el primer ministro ucraniano Mykola Azarov dimitió, junto con su gabinete, y también se derogaron las leyes anti-protesta votadas. Asimismo, se aprobó una amnistía para liberar a los opositores capturados durante las manifestaciones.

Pero la crisis recrudeció, cobrándose la vida de decenas de personas, y el parlamento ucraniano tomó el 22 de febrero una decisión que significó un duro revés para Putin: la destitución de Yanukovich, a cuyo régimen Moscú apoyó fuertemente (Putin le había ofrecido 15 mil millones de dólares y una reducción del precio del gas). Además, se anunció la realización de elecciones anticipadas para el 25 de mayo. Mientras tanto, Alexandr Turchínov fue designado como presidente interino y el político Arseni Yatseniuk, como primer ministro.

No hay que olvidar que Ucrania está dividida lingüística y culturalmente entre un Oeste cercano a Europa y un Este que se siente más atraído a Rusia. El ascenso del nuevo gobierno pro-europeo de transición y su desafortunada decisión –como bien advierte Olivier Zajec, miembro  del Instituto de Estrategia Comparada (ISC) de París[1]- de abolir el estatuto del ruso como segunda lengua oficial en las regiones orientales del país, mereció el repudio de las comunidades rusófilas, las cuales proclamaron su deseo de estrechar vínculos con Rusia. Esto se advirtió especialmente en la península de Crimea (el 58% de su población es rusa). Se trata de un punto geoestratégico clave en el Mar Negro por su importancia militar y económica: allí se encuentra la base naval de Sebastopol, sede de la flota de la marina de guerra rusa. Con la justificación de defender a los ciudadanos rusos, Putin decidió movilizar sus tropas hacia ese enclave. El conflicto fue escalando y se registraron choques entre fuerzas pro y anti-rusas.

Finalmente, el 16 de marzo se realizó el referéndum que decidió, con un 96 % de votos positivos, la incorporación de Crimea a la Federación Rusa. La consulta fue apoyada por Moscú, pero considerada ilegal e ilegítima por Ucrania y los países occidentales. El parlamento de Crimea le pidió formalmente al Kremlin unirse a Rusia y Putin firmó la anexión. El 26 de marzo pasado, las fuerzas ucranianas comenzaron su retirada de la península.

Desde entonces, el este ucraniano ha sido escenario de una creciente violencia: militantes pro-rusos tomaron sedes gubernamentales y el 16 de abril se hicieron con el ayuntamiento de la ciudad de Donetsk. Sus reclamos pendulan entre lograr una mayor autonomía respecto a Kiev, y la independencia e incorporación a Rusia. Ya se habla de una generalizada insurrección separatista, que según Ucrania es fogoneada desde Moscú. Por su parte, Turchínov anunció el comienzo de una operación antiterrorista en la región. La OTAN –que parece haber recuperado su razón de ser- inició el despliegue de fuerzas militares por la crisis en Ucrania para proteger a sus aliados. El presidente estadounidense, Barack Obama, le exigió a su par ruso que retirara sus tropas de la frontera ucraniana, aunque aseguró que descarta una intervención militar de EEUU.

El canciller ruso, Serguei Lavrov, les propuso a las autoridades de Kiev que realicen una reforma constitucional para implementar un sistema federal en Ucrania que respete los intereses tanto del oeste pro-europeo como de los habitantes rusoparlantes del este, algo que el gobierno interino ha rechazado. Ni siquiera el acuerdo alcanzado en Ginebra entre Rusia, Estados Unidos, Ucrania y la UE, que exigía el desarme de las fuerzas pro-rusas y el desalojo de las dependencias públicas ocupadas (condiciones rechazadas por las milicias), consiguió poner fin al conflicto. Mientras tanto, Kiev y Moscú se acusan mutuamente de boicotear el acuerdo.

Por otro lado, la situación económica de Ucrania es preocupante. El gobierno interino y el FMI han acordado un programa de asistencia financiera de entre 14 y 18 mil millones de dólares, supeditada –como siempre- a la implementación de un paquete de medidas para “estabilizar” la economía. El congreso norteamericano aprobó por su parte un proyecto de ley que contempla una ayuda económica a Ucrania de 150 millones de dólares.

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Pasemos ahora a las consideraciones adelantadas al principio:

Primero: Rusia, de la mano de su presidente, Vladimir Putin, quiere reconstruir su poder nacional y recuperar su estatus de gran potencia. Por eso las naciones occidentales, encabezadas por Estados Unidos, lo aborrecen y demonizan (tal actitud, que llegó al paroxismo de compararlo con Hitler, simplifica hasta el absurdo un análisis que debería ser más responsable). No sorprende que a Boris Yeltsin lo adorasen. Puso a Rusia de rodillas. Tras la desintegración de la Unión Soviética y la renuncia de Mijail Gorbachov, Yeltsin impulsó una potentísima terapia de shock ultraliberal durante la transición al capitalismo, con un balance desastroso: como indica el periodista Vicken Cheterian[2], Rusia perdió 14 repúblicas, el 47 % de su PBI y un millón y medio de habitantes. Putin modificó el panorama, concentrando el poder en manos del Ejecutivo e imprimiéndole a su gestión una fuerte retórica nacionalista. Marcó así un contraste con el período previo. Siguiendo el trabajo del director del Centro de Estudios Franco-Rusos de Moscú, Jean Radvanyi[3], podemos decir que el ex KGB concentró su accionar en cuatro ejes: retomar el control de la renta sobre las materias primas, reconstruir la industria rusa y reinstaurar el campo institucional ruso en las regiones, dotándose al mismo tiempo de una mayoría política estable. Putin también debió enfrentar, en el frente externo, las presiones tanto de EEUU como de Europa (ésta última con su política europea de vecindad) para reducir la influencia rusa en el espacio postsoviético. No obstante los logros, Rusia presenta serios déficits en materia de derechos sociales, además de que la libertad de expresión está muy limitada y las formas democráticas no son siempre respetadas.

Segundo: por supuesto que los hechos que derivaron en la anexión de la república autónoma de Crimea tienen sus particularidades, ya analizadas, pero no dejan de estar enmarcados en una seguidilla de “pulseadas” entre el Kremlin y Occidente por ganar influencia en la conflictiva zona de Europa del Este. Los antecedentes están: las “revoluciones de colores” en Georgia (2003) y en Ucrania (2004), que el Kremlin las atribuye a una conjura de Occidente para disminuir el poder ruso en la región; la invasión de Rusia a Georgia (2008), que le permitió a Putin ocupar los enclaves de Osetia del Sur y Abkhazia. A todo lo anterior se suma la creciente tensión entre Rusia y Moldova por la región de Transnitria, cuyos habitantes ya han manifestado sus deseos de ingresar a la Federación Rusa.

Tercero: previo al conflicto al que nos referimos en este artículo, Rusia estuvo en boca de todos por su victoria diplomática en Siria. Putin desactivó la posibilidad de que Estados Unidos interviniera en la guerra civil que enfrenta a Bashar al-Assad con toda una miríada de opositores a su régimen, lo que lo convirtió en candidato al Nobel de la Paz. Se trató de un accionar que contrasta fuertemente con el recurso al que recurrió Moscú en Crimea, el hard power (nos referimos a la invasión encubierta de la península por parte de tropas rusas). Lo que queremos puntualizar es que ambas tácticas, tanto el diálogo como la fuerza, son válidas en la política internacional, y los gobernantes no dudan en utilizarlas según la conveniencia del caso.

Cuarto: la ONU declaró no válido el referéndum por el que Crimea se unió a Rusia. Obama también lanzó duras críticas al respecto, y el G7 condenó las acciones de Putin y expulsó a Rusia de su seno. Asimismo, todos aseguran que se violó el derecho internacional. ¿Pero sorprende acaso que algo así haya vuelto a suceder? Los ejemplos son incontables. El derecho internacional no es todopoderoso. Para algunos autores[4], es sólo una telaraña que atrapa al insecto más débil, pero que deja pasar al más fuerte. Y Rusia atravesó esa telaraña. Desde el punto de vista de Putin, Moscú sólo se limitó a recuperar un territorio cedido a Ucrania por Nikita Kruschev en 1954, sin que le importase en lo más mínimo el Memorando de Budapest de 1994 por el que se comprometió a respetar la integridad territorial de Ucrania. Y lo pudo hacer no sólo gracias a la voluntad política de su dirigencia, sino porque supo aprovechar el margen de maniobra permitido por el contexto internacional y la relación de fuerzas con Ucrania, favorable al Kremlin.

Quinto: Occidente sostiene, en sus críticas a la maniobra rusa, que se vulneró la integridad territorial de Ucrania. ¿Pero no vulneró EEUU la de Serbia en 1999, cuando apoyó la secesión kosovar? En esa ocasión, Washington apoyó la opción independentista, mientras que Moscú lo consideró una violación a la soberanía de Serbia, como bien lo recuerda Peter Baker en una esclarecedora nota para The Wall Street Journal. Ambas naciones intercambiaron papeles respecto a Crimea. Muchos se rasgan las vestiduras por el “doble estándar”. Pero hablar de éste, en el marco de la práctica política, es casi un sinsentido. Es como quejarse de los golpes que uno puede recibir en un partido de rugby: están contemplados y son habituales. En política, medir las cosas con varas diferentes es una constante. Sólo buscamos recalcar con este comentario el frío pragmatismo, propio de la realpolitik, con el que operan las potencias.

Sexto: la UE y EEUU ya han implementado varias sanciones en contra de Moscú, como la congelación de activos a funcionarios rusos y ucranianos, a quienes además se les ha prohibido viajar a ciertos países, pero debemos concluir que tales medidas no son efectivas. A la hora de sentarse a la mesa de negociaciones, Rusia tiene las de ganar, al menos en el corto plazo, ya que proporciona el 30 % de la demanda de gas europea, la mayor parte a través de Ucrania. Y Putin le advirtió a la UE que, si no ayuda a Ucrania con la deuda que ésta mantiene con Rusia (le debe 2.200 millones de dólares por el gas), podría suspender completa o parcialmente el envío de dicho recurso natural a la ex república soviética, situación que podría generar problemas con el suministro europeo. La diplomacia de los hidrocarburos es clave como herramienta de presión. Ya en 2006 y en 2009, Rusia cerró la canilla del gas y Europa resultó muy afectada. Es una carta fuerte la que puede jugar Putin, aunque, como bien advierte el politólogo Adolfo Rossi, en el mediano/largo plazo el mercado energético internacional puede proveerle soluciones alternativas al Viejo Continente y también Rusia depende de los euros de la UE para mantener el crecimiento de su economía.

(No) es la Guerra Fría, estúpido

El hecho de que la anexión de Crimea a Rusia haya enfrentado a ésta con EEUU ha motivado a varios analistas a hablar de una nueva Guerra Fría. Pero tal aseveración es un error porque:

a)   No hay paridad entre las capacidades de EEUU, el único país con presencia global, y las de Rusia, con un poder mucho más limitado e intereses regionales acotados. Estados Unidos sufrió la peor crisis desde los años 30, pero está recuperándose lentamente. Y su poderío militar, pese a las reducciones presupuestarias en defensa, es incontestable. Rusia podrá ser uno de los BRICS y ocupar su sillón en el Consejo de Seguridad de la ONU, pero tiene varios flancos débiles: a pesar del crecimiento económico, basado en la exportación de hidrocarburos, existen fuertes desigualdades sociales y la pobreza va en aumento; su estructura productiva tiene dificultades para diversificarse y además sufre una creciente recesión demográfica. Por otra parte, la corrupción es endémica.

b)   La bipolaridad, con la caída de la URSS, llegó a su fin. Se inauguró así la unipolaridad estadounidense. Y ahora el mundo, con avances y retrocesos, parece inclinarse a la multipolaridad. Al respecto, el destacado académico Emir Sader afirma: “Se ha abierto un nuevo escenario internacional, donde Rusia surge como actor importante. La crisis de Ucrania y la anexión de Crimea a Rusia ya son parte de este nuevo escenario, en el que se debilita la capacidad norteamericana de imposición militar de sus intereses. EE.UU. sigue siendo la única superpotencia a escala mundial, pero ya no encuentra las facilidades que tenía desde que había surgido como potencia vencedora de la Guerra Fría para imponerse en el mundo”[5].

c)   No hay una pugna ideológica entre EEUU y Rusia. Tendrán sus matices, pero ambas naciones son capitalistas. Sí puede hablarse, como apunta Rossi, de una diferencia entre democracia liberal y democracia iliberal (de baja intensidad o dirigida, como le dicen eufemísticamente). Pero tal distinción está lejos de acercarse a la potente antítesis comunismo/capitalismo que caracterizó a la Guerra Fría.

d)   La probabilidad de que el enfrentamiento entre Estados Unidos y Rusia –con motivo de la crisis ucraniana- derive en una contienda nuclear, es muy baja. No como lo fue en los momentos más álgidos de la Guerra Fría. Sólo basta recordar la Crisis de los Misiles.

Las verdaderas pretensiones rusas

En contra de los discursos paranoicos que están a la orden del día, y que alertan sobre el despertar del ambicioso gigante soviético y un inmediato expansionismo sobre las ex repúblicas comunistas, ¡que para Yatseniuk podría incluso provocar la tercera guerra mundial!, el reconocido historiador Jorge Saborido[6] sostiene: “Para calibrar la importancia de Ucrania para los rusos no es necesariamente correcto argumentar que a partir de su control Putin aspira a reconstruir la URSS, como sostienen, entre otros, el conocido analista estadounidense Zbigniew Brzezinski; basta echar un vistazo al mapa de Eurasia para entender –otra cosa es compartir sus decisiones- el comportamiento del presidente ruso”.

Además, hay estudiosos que temen un supuesto “efecto dominó” en la región, desencadenado  por la anexión de Crimea a Rusia. Rossi se muestra muy crítico al respecto: “En la historia, la teoría del dominó se demostró falsa. A largo plazo, Rusia aspira a ser una gran potencia (seguramente es probable que ese status lo alcance junto con otros actores, como China o Alemania), pero por el momento considero que su preocupación pasa por ser un poder regional, más ‘respetado’ por Europa. Más que un retorno a la ex URSS, creo que Rusia consolidará una zona de influencia más limitada”.

Por otra parte, considera poco probable que la OTAN (Putin denunció en múltiples oportunidades su expansionismo en la región) intervenga en el conflicto, aunque aclara que éste ha resultado un incentivo para el mantenimiento de la alianza y para un mayor rol de los países ex aliados de la URSS. Putin mueve con cuidado sus piezas. Respecto a Crimea, vio la oportunidad y la aprovechó: la UE y los ucranianos pro-europeos, con la destitución de Yanukovich (hoy prófugo) y la absurda decisión de abolir el estatuto del ruso, le dieron todas las razones para intervenir. Y encima contaba con el “beneplácito” de las comunidades rusófilas. La ocasión era inmejorable. Y actuó en base a un desapasionado cálculo costo/beneficio. De la misma manera determinará sus próximos movimientos.

 

[1]Le Monde diplomatique. Edición cono sur. N° 178. Abril 2014.

[2]Revista Explorador N° 4. Rusia: la grandeza recuperada. Le Monde diplomatique. Buenos Aires, Capital Intelectual S.A., 2013.

[3] Ídem.

[4] El politólogo Marcelo Gullo aborda este tema en su libro La Insubordinación Fundante. Breve historia de la construcción del poder de las naciones. Buenos Aires, Biblos, 2008.

[5] Página 12. 21 de marzo de 2014.

[6]Le Monde diplomatique. Edición cono sur. N° 178. Abril 2014.

*Artículo publicado en la edición de abril de la revista especializada Acontecer Mundial.

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