La nueva moneda que no termina de nacer

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Mucho se ha dicho sobre el inevitable declive del dólar como moneda global. Algunos sostienen que pasarán años para que esa caída se concrete, otros que ocurrirá en el corto plazo. Pero lo cierto es que, a pesar de que algunos países han decidido comerciar sin utilizarlo (como Argentina y Brasil) y se ha hablado incluso de sustituirlo, aún no se ha decidido cuál sería esa nueva divisa con la que varias naciones se entusiasman.  

Es imposible concebir el debilitamiento del dólar sin considerar lo que muchos analistas advierten sobre Estados Unidos: que su poderío incontestable está llegando a su fin, que la unipolaridad desde fines de la Guerra Fría ya dio paso a un sistema multipolar, con varios centros de decisión. 

El fin de la hegemonía estadounidense

De acuerdo a la teoría de la estabilidad hegemónica, planteada por Charles Kindleberger[1], una economía mundial liberal demanda la existencia de una potencia dominante cuya divisa le otorga poder financiero y monetario: Gran Bretaña, con la libra esterlina, desempeñó ese rol en el siglo XIX, para luego ser reemplazada tras la Segunda Guerra Mundial por Estados Unidos y el dólar. Su moneda le reporta beneficios a EEUU:

-Señoreaje: se trata de la ganancia que percibe la autoridad que emite la moneda. El economista Alfredo Zaiat lo explica muy bien[2]: “En los hechos, Estados Unidos recibe un préstamo del resto del mundo sin pagar intereses por la cantidad de dólares que circula fuera de sus fronteras”. Según datos aportados por Zaiat, el señoreaje ascendió a 29 mil millones de dólares en 2005.

-Si bien la deuda externa estadounidense es impresionante, al estar pactada en dólares, EEUU no paga los costos de su ajuste.

El gobierno norteamericano no tardó en imponer su propio orden mundial mediante los acuerdos de Bretton Woods, que supusieron la creación del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT), el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial. Esta fase, que fundó un régimen de cambios fijos entre las monedas, es la primera de tres en la historia del dólar, según el profesor Dominique Plihon[3].

La etapa siguiente comienza a partir de la década del ´70, luego de los “30 dorados”: el sistema de Bretton Woods desaparece con la fluctuación generalizada de las monedas. El autor no lo dice, pero EEUU comienza a volcarse a la desregulación de una economía que se financiariza cada vez más, fenómeno cuyo puntapié inicial lo dio el ex presidente Richard Nixon al anunciar la inconvertibilidad de la divisa norteamericana y el fin del patrón oro, y que los gobiernos neoliberales de Reagan y Thatcher profundizarían. En estas primeras dos fases, el dólar mantuvo una posición hegemónica.

Pero ese período de auge llegó a su fin en el siglo XXI, cuando la aparición de un mundo policéntrico pone en entredicho la supremacía de la economía estadounidense y confirma la inestabilidad que Kindleberger le atribuye a todo sistema hegemónico: por diversas razones, la potencia dominante pierde su voluntad o capacidad de manejar el sistema (lo que implica saber responder a ciertas amenazas, como las crisis), al tiempo que aparecen economías rivales. Estas dificultades teóricas que debe enfrentar el “hegemón”, ya se advierten en la realidad: en el 2007 estalló en EEUU una debacle financiera comparada al crack del ´30, que agravó la desconfianza en relación al dólar. Y justo cuando los estudiosos pensaban que el euro podría erigirse como alternativa (los bancos empezaban a preferirlo como moneda de reserva), la crisis en Europa, además de poner en duda la existencia de la UE en sí, les hizo replantear sus esperanzas.

Además, Estados Unidos sufre la competencia de los países emergentes, como China, que se convirtió en el 2010 en la segunda potencia económica del mundo, por delante de Japón, y que ya se ha vuelto la mayor nación en términos comerciales. No hay que olvidar que Pekín es el mayor acreedor de Estados Unidos, que le debe 1.3 billones de dólares, suma calificada como un “arma nuclear financiera”: el gigante asiático podría inundar el mercado de dólares.

Estados Unidos está en un atolladero. Además de los puntos ya enumerados, su deuda pública (que representa el 73 % del PBI) aumenta, crece el déficit fiscal y sufre un alto desempleo, y la desindustrialización que padece amenaza con intensificarse. Podrá seguir siendo la primera potencia militar, pero sus “aventuras” en Afganistán e Irak, más allá de los costos materiales y de haber afectado enormemente su reputación internacional (que resultó aún más perjudicada a causa de la reciente derrota diplomática en Siria), significaron un nuevo retroceso del hard power como panacea de todos los males.

Las alternativas monetarias

Con el declive del país del norte, la nueva estabilidad económica que surja requerirá de una nueva potencia hegemónica, de un conjunto de reglas que involucren a todos los países o de una coordinación entre las naciones más importantes. Pero ninguna de estas opciones se materializó aún. A pesar de todos los cambios que se advierten a nivel global, lo cierto es que –parafraseando al teórico marxista Antonio Gramsci- la vieja estructura internacional no termina de morir, pero tampoco la nueva termina de nacer. De acuerdo, países como Brasil, Rusia, India, China (la participación de los BRIC en el PBI mundial pasó de representar el 7, 5 % en 1990 al 17, 7 % en 2010[4]), alguna vez pertenecientes a la “periferia”, exigen desempeñar ahora un rol político más importante y reformar las principales instituciones establecidas a fines del siglo pasado. Pero aún no obtuvieron ningún logro al respecto, salvo ampliar el G8 e instalar en la agenda internacional la necesidad de un cambio que refleje este incipiente policentrismo. Demandan, entre otras cosas, lo siguiente:

a) Democratización del Consejo de Seguridad de la ONU.

b) Creación de un Banco de Desarrollo.

c) Los emergentes buscan aumentar su poder de voto en el FMI, ya que realizaron cuantiosos aportes para el fondo anticrisis de la institución.

Pero, reiteramos, son proyectos que aún no cristalizaron. Debido a que, como bien recuerda Plihon, la creación de nuevas monedas internacionales demanda mucho tiempo, lo que se espera en un principio es que diversas divisas desempeñen un papel más importante:

-La ONU busca la creación de un nuevo Bretton Woods para reformar el sistema monetario internacional: el dólar sería sustituido por un nuevo patrón monetario que comprendería un conjunto de monedas gestionado por el FMI. Se trata de los Derechos Especiales de Giro (DEG).

-El gobernador del Banco Central de China, Zhou Xiaochuan, propuso la creación de una nueva moneda de reserva internacional. En esa línea, no descarta que los DEG cumplan esa función.

-Pekín también presiona para internacionalizar su moneda, el yuan, iniciativa que enfrenta un escollo fundamental: la no convertibilidad externa de dicha divisa.

El anhelo de cambio es notorio. De las alternativas existentes, la mejor elección no sólo dependerá de su viabilidad, sino de la disposición de Estados Unidos para adaptarse a un nuevo orden económico internacional en el que su hegemonía indiscutible es cosa del pasado.


[1] Gilpin, Robert. La economía política de las relaciones internacionales. Buenos Aires, GEL, 1990.

[2] Zaiat, Alfredo. Economía a contra mano-Cómo entender la economía política. Buenos aires, Planeta, 2012.

[3] Plihon, Dominique. ¿Es irremplazable el dólar? En El estado del mundo 2011. Madrid, Akal, 2011

[4] El Atlas IV de Le Monde Diplomatique-Mundos emergentes. Buenos Aires, Capital Intelectual, 2012.

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