La tranquilizadora idea de tener enemigos

« Soy negra, soy árabe y soy egipcia, pero para ellos soy racista » dice Khadisha, panadera en el barrio parisino donde vivo, el de Barbès / Goutte d’Or, el de mayor población extranjera y musulmana de la ciudad. Ella dejó hace rato que su marido atienda a los clientes que salen de la mezquita de la esquina luego de la plegaria de las siete de la mañana. Ellos no le dirigen la palabra por ser mujer. Ella ya ni siquiera los saluda. A unas cuadras más lejos Samir, que nació en Marruecos y que es musulmán, tiene un kiosco de diarios:

“Ayer una maestra de la escuela de acá a la vuelta me contó que varios de sus alumnos se negaron a hacer el minuto de silencio por las victimas de los atentados. Le recriminaron que por qué había que hacer esto ahora por 17 personas asesinadas cuando nunca lo hacían cuando mueren miles en los bombardeos sobre Gaza”.

Doscientos metros más allá el argelino Bendjaouane de la tienda de tapices dice que si Mahoma resucitara “se lamentaría por estos atentados hechos en su nombre y por gente que no es realmente musulmana”. Frente a su negocio de la calle Poissonniers, hace cinco años los viernes al mediodía era imposible caminar: los creyentes de la mezquita de Al Aqsa ocupaban tres cuadras a la redonda con sus alfombras y sus montañas de zapatos apilados. «Este es un barrio donde se aplica la ley religiosa. No hay tanques ni soldados, pero es una ocupación en sí misma” estigmatizó en su momento la ultraderechista Marine Le Pen, activando todos los resortes del laicismo francés y logrando que se trasladara la mezquita.

Los recientes atentados “del terrorismo islámico” de París, como fácilmente se lo tiende a etiquetar, apuntaron precisamente a enturbiar aún más esta realidad etérea y de identidades cruzadas, elementos que conforman una democracia francesa multifacética y que incluye a entre tres y cinco millones de ciudadanos de confesión musulmana. No por nada los cuatro millones de personas que se movilizaron en Francia el domingo en la mayor demostración cívica desde la liberación de París en 1945 respondieron a la consigna de marchar por la “unión” nacional y los valores democráticos. Entre la frase “Je suis Charlie” mostrada por los manifestantes blancos, judíos, negros, musulmanes, cristianos, amarillos o budistas, varias pancartas recordaban el “Je suis Ahmed”, el policía musulmán que custodiaba el diario y que fue asesinado a mansalva en el piso.

En estos tres días se encendió nuevamente el debate en torno al peligro de “amalgamar” terrorismo con islamismo. En un magistral artículo publicado el sábado 10 en Le Monde, El miedo de una comunidad musulmana que no existe, el analista Olivier Roy explica que precisamente estos atentados se producen en un momento en “donde los musulmanes están mejor integrados de lo que creemos (…) no hay una comunidad musulmana sino una población musulmana (…) que jamás tuvo la voluntad de poner en práctica instituciones representativas (…) En Francia hay más musulmanes en el ejército, la policía o la gendarmería que en las redes de Al Qaeda, sin contar los que trabajan en la administración, los hospitales o las escuelas francesas”. Según Roy no hay una condena de los musulmanes al terrorismo porque no es una comunidad organizada (“Les exigimos ser lo que no queremos que sean”). Sin embargo esta ausencia es leída en clave antiasmática tanto por la derecha como por la izquierda: su silencio se debe o a que son “inasimilables” y una bomba de tiempo demográfica (islamofobia); o porque son una minoría marginalizada y víctima de un racismo y colonialismo vernáculos (islamoprogresista).

En el mismo debate el sociólogo Farh Khosrokhavar intenta explicar esta nueva modalidad de terrorismo “hecho en casa”: los jóvenes radicalizados no son los portavoces de las frustraciones de los musulmanes de Francia, al contrario, a diferencia del los integristas de Al Qaeda del 11 de septiembre del 2011, son locales, sus objetivos son orientados (judíos, militares y periodistas “blasfemos”) y fueron educados en una cultura occidental de la comunicación, del espectáculo y de las teorías conspirativas. Plantean una ruptura generacional con los valores de sus familias y no abogan por la islamización de la sociedad. “Inventan un Islam global y mediático que ni siquiera se interesa en las luchas concretas del mundo musulmán como podría ser Palestina”. El especialista habla de un cuadrilátero común denominador: todos tiene un pasado de desilusión social que los llevó a la delincuencia, pasaron por la prisión, fueron desislamizados y luego “vieron la luz” y asumieron una nueva identidad radical a través de internet o redes sociales, y casi todos realizaron viajes “iniciáticos” a zonas en conflicto.

En la marcha del sábado también hubo pancartas que simplemente se preguntaban “¿Y mañana?”. Algunos especialistas dicen que “la cuestión no es saber si Francia será atacada de nuevo sino cuándo será atacada”. Por ahora las preguntas se centran en comprender esta nueva evolución difusa e inorgánica de terrorismo. Un reciente estudio de los servicios de inteligencia franceses explica así a estos novedosos lobos solitarios: “ciertos delincuentes jóvenes, con falta de modelos de referencias y sometidos a una conversión repentina o a un retorno a sus orígenes, se dejan seducir por esta filosofía que les permite seguir con sus actividades delictivas bajo una garantía moral y religiosa”. “Ellos – aclara Khosrokhavar – son un fenómeno de esa zona periférica del mundo musulmán llamado Europa. En términos relativos a su población musulmana, Bélgica proveyó cien veces más jihadistas al Estado Islámico que Egipto”.

En este 2015 comienza una realidad mucho más inquietante y compleja que la del 11 de septiembre del 2001.

Desde París, Andrés Criscaut

Periodista especializado en política internacional

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