Unión Europea: ¿refundación o persistencia del modelo?

RM EUROPA

La Unión Europea (UE) se encuentra en una encrucijada. Mientras el eje geopolítico del mundo se desplaza hacia el sudeste asiático y los viejos jugadores de la arena internacional son desafiados por naciones en ascenso que demandan un mayor protagonismo, la UE debe tomar una decisión: ¿renovará su arquitectura institucional o insistirá en las viejas recetas?

El impacto de la crisis y las dudas sobre la viabilidad del euro, el rol de Alemania y el vínculo de la Unión Europea con sus vecinos estratégicos son temas que cobran aún mayor importancia en un 2014 que resultará clave: este año se llevarán a cabo las elecciones parlamentarias de la UE, las primeras desde el Tratado de Lisboa.

La crisis

La crisis en la eurozona[1] evidenció los problemas inherentes al modelo integracionista, tal cual está planteado. A diferencia de la “visión oficial” difundida por la Troika, que atribuye la crisis a la indisciplina fiscal de los Países Periféricos (PP)[2], lo cierto es que el origen de la misma se encuentra en las limitaciones que impone la Unión Monetaria (UM). Ésa es la conclusión de un esclarecedor informe realizado por la Asociación de Economía para el Desarrollo de la Argentina (AEDA)[3].

Para ser más exactos, al adoptar el euro los países renunciaron al manejo de su política monetaria y cambiaria: “La imposibilidad de contar con estas herramientas de política económica llevó a desbalances de cuenta corriente y flujos de capital entre los países miembros, que terminaron desencadenando la crisis de deuda actual[4]”, señalan los autores.

El Tratado de Maastricht (1992), cuyos criterios fijaron limitaciones a la deuda que podían asumir los países miembros (no más del 60 % del PBI), al déficit público (3 % del PBI) y a la inflación, entre otras cosas, es clave en toda esta historia ya que “estableció los mecanismos para transformar el mercado común en una unión monetaria a través de un proceso gradual de convergencia que culminaría en el establecimiento de paridades fijas irrevocables (a partir del 1 de enero de 1999) y, posteriormente, en la adopción de una moneda única (el euro) en sustitución de las monedas nacionales”[5].

Siguiendo el trabajo de AEDA, los PP no evidenciaban problemas fiscales antes del estallido de la burbuja subprime en Estados Unidos. Luego, debieron incurrir en cuantiosos gastos -incluidos los salvatajes al sector financiero- e impulsar políticas anticíclicas para sostener la economía (lo que llevó a un deterioro del resultado primario por la caída de ingresos y al incremento de la deuda pública). Dichas medidas keynesianas duraron hasta el 2009, cuando el sinceramiento de las cuentas públicas griegas y la posibilidad del default heleno provocaron pánico en los mercados, lo que hizo aumentar las primas de riesgo y la deuda en los PP (parte de ésta se incrementó además por el financiamiento público a la banca, cuando los gobiernos rescataron al sector privado). Los defensores de la visión oficial exigieron entonces recortar el gasto, a cambio de distintos rescates, para devolverles confianza a los inversores. Pero tales medidas resultaron contraproducentes y, en vez de reducir el coeficiente deuda/PBI, lo incrementaron. La Troika no entendió que el desajuste fiscal de los periféricos fue la consecuencia de la crisis, y no su origen. Hay que tener en cuenta que los países centrales, entre ellos Alemania, son los principales acreedores de los PP.

El economista Sergio Cesaratto[6] señala tres aspectos significativos relacionados a una UM imperfecta. Añadimos por nuestra cuenta que son problemas que deberían solucionarse a fin de mejorar el funcionamiento de la UE:

a)  La falta de un presupuesto federal con funciones redistributivas regionales.

b)  El enfoque monetarista de un BCE preocupado sólo por el control de la inflación.

c)  La inexistencia de un mecanismo para enfrentar las crisis bancarias.

Otra deficiencia grave es que, si bien existe una política monetaria centralizada, la UE carece de unión fiscal. El euro, que para muchos estaba llamado a disputarle la soberanía al dólar, quedó fuertemente debilitado por la crisis. No obstante, y como sostiene el destacado académico Mario Rapoport, sin duda que no va a desaparecer. “El problema –expresa- es saber cuántos países permanecerán en esa zona monetaria”. Y explica que cualquier Estado que quiera salir de ella “deberá financiarse a tasas de interés superiores, sin posibilidad de evitar el ajuste y sin recibir apoyo de los socios mayores de la UE”[7].

El rol de Alemania

Si bien los países centrales critican a España, Irlanda, Grecia y Portugal por sus pronunciados déficits, omiten decir que éstos sostuvieron sus exportaciones, como bien apunta Cesaratto. O sea, pueden vender sus productos porque sus socios se los compran. Y añade como ejemplo: “No olvidemos que Grecia ha sido también, por otro lado, un mercado excelente para la colocación de las exportaciones alemanas”. El 60 % de éstas, de acuerdo a la socióloga Anne Dufresne, está destinado a la zona euro. “Los déficits comerciales de unos condicionan los excedentes de los otros”, sintetiza[8].

Alemania apostó a un modelo de crecimiento basado en las exportaciones. Los germanos, para la obtención de superávits comerciales, optaron por una desinflación competitiva (ganar competitividad mediante la reducción salarial) y por la disciplina laboral interna. A tales medidas hay que agregar recortes en la protección social y el debilitamiento de los sindicatos.

Ése es el modelo que muchos quieren exportar al resto de Europa. De acuerdo al economista George Magnus[9], el desenlace más probable de tal estrategia sería un estancamiento económico, riesgo de default y estrés político y social. “Una Europa hecha de varias ‘Alemanias’ fracasaría”, garantiza.

Por su parte, el profesor Paul De Grauwe advierte que los países acreedores dictan las políticas presupuestarias y macroeconómicas de la UE, y que la Comisión Europea defiende los intereses de las naciones prestamistas impulsando la austeridad[10], la cual incluye recortes del gasto público en salarios y pensiones, además de aumento de impuestos, como el recesivo IVA.

Las consecuencias de la crisis no sólo las vemos en la caída de los principales indicadores económicos (y esto a pesar de la levísima mejoría que se advierte desde el año pasado, aunque únicamente Alemania ha recuperado el nivel de PBI previo a la crisis), sino en el creciente descontento social. Además, y según datos recopilados por Magnus, los niveles de productividad han venido decayendo en Europa y su participación en el PBI global probablemente retroceda frente a la creciente importancia de China, otros mercados emergentes y un EEUU revigorizado.

La austeridad no es el remedio

La solución a encarar es diametralmente opuesta a la que pregonan los defensores de la moderación salarial y austeridad presupuestaria, como la canciller alemana Ángela Merkel. Los acreedores exigen el reembolso de su dinero, pero no es posible pagar sin crecer. Recurriendo nuevamente a Cesarotto, podemos ofrecer una serie de alternativas:

-Crecimiento de la demanda agregada impulsado por Alemania.

-Una política menos estricta en materia de inflación y salarios, para que éstos puedan subir a fin de mantener la demanda agregada, especialmente en Europa central.

-El BCE debe permitir niveles de inflación más altos.

-Se debería implementar desde el Estado una firme política industrial en los PP.

Respecto a qué hacer en lo inmediato con el enorme pasivo de los periféricos, De Grauwe, además de proponer un estímulo económico por parte de los países acreedores, especialmente Alemania, esboza dos opciones más: la monetización parcial de la deuda[11] o la declaración de default de los países deudores.

Más allá de los aspectos económicos, el dilema de la UE es político. Enfrenta un serio problema de gobernanza común: la reacción de la Unión frente a la crisis fue lenta y cada país, en un principio, actuó por su cuenta. Lo que se requiere es un proceso eficaz de toma de decisiones y un liderazgo fuerte, opción que significaría un punto medio entre una improbable Europa federal de corte estadounidense y un también improbable desmembramiento.

De momento, Bruselas anunció un ambicioso proyecto: la futura creación de una unión bancaria. Un primer paso que se ha dado en esa línea es la adopción del Mecanismo Único de Supervisión (MUS), de cuyo funcionamiento se ocupará el BCE en cooperación con las autoridades nacionales competentes de los países miembros de la eurozona. El objetivo es asegurar la estabilidad financiera de Europa mediante la atenta vigilancia de las entidades de crédito más importantes, aproximadamente 130.

Elecciones

Las próximas elecciones para el parlamento europeo, donde se elegirán a sus 751 miembros, se llevarán a cabo entre el 22 y 25 de mayo y ya vienen generando una gran expectativa. Se trata de los primeros comicios tras la entrada en vigor del Tratado de Lisboa en el 2009, que fortaleció el rol del parlamento. Además, serán todo un desafío para las instituciones europeas, abocadas a recuperar la confianza de la gente en la UE, con una situación económica delicada y el auge de las agrupaciones “euroescépticas” como telón de fondo (según la última encuesta del Eurobarómetro, 60 % de los europeos desconfía de la Unión).

Los ciudadanos, en esta nueva cita electoral, decidirán el tipo de Europa que quieren. El reto es que no se piense en clave nacional. Para ello es necesario alcanzar una visión de conjunto con el objeto de resolver los graves problemas que enfrenta la UE. Será la primera vez que los votantes podrán elegir al presidente de la Comisión: el Consejo Europeo deberá considerar el resultado de los comicios a la hora de proponer al sucesor del actual presidente de la CE.

El vínculo con Rusia

La Unión Europea, que se encuentra en tratativas con Estados Unidos para firmar el Acuerdo Trasatlántico de Inversiones y Comercio, considerado el mayor Tratado de Libre Comercio (TLC) de la historia, deberá además concentrar sus esfuerzos diplomáticos en contribuir a resolver la crisis en Ucrania, situación que tensa las relaciones con Rusia, aliado estratégico clave por, entre otras cosas, tratarse de un importantísimo suministrador de gas natural. Tampoco hay que ignorar el hecho de que por el territorio ucraniano pasa el 80 % de ese combustible ruso hacia el Viejo Continente.

El conflicto estalló a fines del año pasado, cuando el presidente ucraniano, Viktor Yanukovich,  rechazó firmar un acuerdo de asociación con la UE (el cual podría posteriormente llevar a la integración con la misma). El mandatario argumentó que su objetivo era la protección de los intereses nacionales, y esto debido al alto costo económico y social que –alegó- dicho acuerdo le acarrearía a su país. Tal decisión provocó inmediatas protestas de parte de manifestantes que defienden un mayor acercamiento con el bloque europeo y que ahora exigen la renuncia de Yanukovich.

El presidente ruso Vladimir Putin, decidido a atraer a Ucrania a su esfera de influencia, le ofreció a la ex república soviética un préstamo de 15 mil millones de dólares y una reducción en el precio del gas, aunque luego supeditó el beneficio a la formación de un nuevo gobierno en Kiev. Rusia además está en contra de cualquier tipo de injerencia europea en Ucrania. Desde el inicio de las protestas, el primer ministro ucraniano Mykola Azarov dimitió, junto con su gabinete, y también se derogaron las leyes anti-protesta votadas. Asimismo, se aprobó una amnistía para liberar a los opositores capturados durante las manifestaciones. Para calmar la situación, el propio Yanukovich prometió apresurar el proceso de acercamiento con la UE.

[1] Comprende 18 países. El último en ingresar fue Letonia, a partir del 1 de enero de este año.

[2] La Troika está formada por el Banco Central Europeo (BCE), la Comisión Europea (CE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI). Se denomina PP a España, Irlanda, Grecia y Portugal (a Italia también se la incluye en este grupo).

[3] Bertuccio, Esteban; Quiroga, Lucila; Telechea, Juan Manuel (2013). La crisis de deuda soberana en la Unión Europea. Una mirada crítica sobre la visión oficial de los hechos. En: V Congreso Anual: Nuevas y viejas restricciones al desarrollo. Contribuciones de la economía política para superarlas. AEDA. Como bien se informa en este ensayo, el sustento de la UE es la teoría de las áreas monetarias óptimas.

[4] Dentro del marco de la UM, que contemplaba la liberalización e integración del sistema financiero, los PP comenzaron a acumular déficits externos a causa del flujo de capitales financieros procedentes del centro europeo, sin poder corregir estos desequilibrios por haber renunciado al manejo de su política monetaria y cambiaria. Sufrieron un incremento en sus importaciones y el fuerte endeudamiento que se registró (y he aquí la razón por la que el resultado fiscal de los periféricos era equilibrado antes de la debable) provino principalmente del sector privado. Éste sería rascatado tras el estallido de la crisis griega.

[5] Bouzas, Roberto; Fanelli, José María. Mercosur: integración y crecimiento. Fundación OSDE, 2001. Como bien recuerdan los autores, la constitución de la UM obligó a sus miembros a prescindir de un mecanismo fundamental: la depreciación de la moneda para ganar competitividad.

[6] Cesaratto, Sergio. La crisis sin fin de la eurozona: una visión clásica-kaleckiana. Papeles de relaciones ecosociales y cambio global. N 120 2012/13.

[7] Rapoport, Mario. Brenta, Noemí. Las grandes crisis del capitalismo contemporáneo. Buenos Aires, Capital Intelectual, 2010.

[8] Le Monde Diplomatique-Edición cono sur. N 152, febrero 2012.

[9] http://www.cer.org.uk/sites/default/files/publications/attachments/pdf/2013/rp_102-7811.pdf

[10] Ídem.

[11] Consiste en imprimir dinero nuevo para pagar las deudas contraídas, lo que sin embargo podría implicar un aumento de la inflación por crecimiento de la base monetaria, pero sólo bajo determinadas circunstancias.

*Artículo publicado en la edición de marzo-abril de la revista especializada Reconciliando Mundos.

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